sábado, 7 de septiembre de 2024


Reinaldo Chaviel, amigo y maestro.

Por: Álvaro Ríos.

 

 

 Conocí a Reinaldo en el año 2008. En aquella época compartía labores profesionales con el poeta Julio César Blanco Rossitto, y a través de él fue que puede hacer contacto con quien, más adelante, sería el maestro que la vida tiene reservado para alguien que, quién sabrá la razón, el día menos pensado inicia un noviazgo con la literatura.

Reinaldo fue un maestro, y no porque él así lo quisiera, o porque uno lo apreciara de esa forma, sino más bien por como vivía: amando el arte, la literatura, cada día, todo el tiempo. Ese manto, esa forma de existir, de alguna manera acabó sembrada en las personas que, como yo, pasamos a ser cercanos: en los últimos seis o siete años, al menos una vez a la semana, nos reuníamos para un café, una conversa, un tema, un autor… Y así, sin querer, me volví conocedor de autores como: Guillermo Meneses, Salvador Garmendia, Rafael Cadenas, Eugenio Montejo y Julio Garmendia, este último quizás el que más admiró. Pero, además, era un amplio conocedor de la literatura europea, rusa y japonesa. Sin embargo, hubo una literatura en la que nos detuvimos mucho rato y a la que siempre volvíamos: la mexicana. Durante esos encuentros con Reinaldo conocí a Torri, Sabines, Paz, Pellicer, López Velarde, Nervo y a uno que siempre fue como un ídolo: José Emilio Pacheco. Este último decía: escribir es vivir, los poetas acaban viviendo su locura.

Pero, si de mexicanos se trataba, Rulfo y "Pedro Páramo" fueron para Reinado la joya de la corona, algo así como el Santo Grial de la literatura. Quien lo conoció y tuvo la oportunidad de charlar con él sobre este clásico de la literatura latinoamericana, pudo advertir no sólo el amplio conocimiento y las distintas interpretaciones de la obra, sino también la parte mágica del asunto: los vericuetos, las pistas escondidas, el aire caliente y el polvo que se respira y, sobre todo, advertir cómo, por primera y única vez, un autor de carácter universal logró detener el tiempo y hacer con él, literalmente, lo que le dio la gana… (Chaviel dixit)

De modo que escuchar a Reinaldo era un gusto, una delicia, su forma de abordar tantos temas era definida y acertada; tanto, que un simple café debía extenderse por varias horas. Allí, justo allí, se apreciaba al maestro, al ser humano que, sin darnos cuenta, nos colmaba de conocimiento y alegría a la vez.

Finalmente, la brevedad.

Desde la palabra escrita, Reinaldo siempre nos enseñó que jamás deberíamos usar dos palabras cuando sólo basta una. De allí aprendimos la necesidad de expresar en nuestra escritura ─en el caso de quienes fuéramos escritores─, la economía del lenguaje, la transparencia y claridad de la idea y de todo aquello que quisiéramos enunciar. Ello de ninguna manera significó que la escritura de una novela de 300 páginas, por decir algo, fuera un error, sino más bien que, de ser posible, debía reducirse de acuerdo a una etapa de revisión y poda, actividad que hoy en día muchos autores suelen dejar de lado. Incluso, como ejemplo nos habló del mismo Rulfo: "Pedro Páramo", según se supo, consistía en un manuscrito de aproximadamente 600 páginas que finalmente se redujo a unas 150. Eso, más que un ejercicio, para el maestro siempre fue considerado como una muestra de respeto hacia los lectores.

La obra de Reinaldo, la que nos ha dejado, goza de ese conocimiento, de esa característica esencial: la concisión.

En esa obra, humildemente, tuve algo que ver.

Y es que Reinaldo era una persona de destellos, de ideas que aparecían como una lluvia justo antes de un sol que se lucía castigándonos. En esos instantes escribía sobre cualquier elemento que tuviera a la mano: servilletas, papelitos, cuadernos viejos, últimas hojas del libro que llevaba, entre otros. Más tarde, al llegar a casa, esos retacitos iban a parar a una carpeta descolorida y arrugada. Cuando dicha carpeta tomaba forma de tuqueque barrigón, entonces venía el proceso de revisión y transcripción. Muchos fines de semanas le acompañé a revisar y reescribir. Reinaldo siempre fue abierto a mis sugerencias.

─Eso también es suyo ─decía.

Luego del trabajo de revisión, entonces la carpeta se iba conmigo a casa para la transcripción e incluso para la elaboración de un diseño preliminar. Así nacieron “escritos en el cuerpo” y “fragmentos dispersos”, sus obras más recientes.

Guardando las distancias, pero siendo para mí un honor y un verdadero placer, yo fui para Reinaldo lo que José Emilio Pacheco fue para Juan José Arreola: su escribiente.

Amigo, maestro, no sabes cuánto te voy a extrañar.

Ojalá algún día volvamos a vernos.

Ojalá que, por allá, el café sea tan bueno como el que solíamos compartir.

 

Cabudare, agosto de 2024.


Más de Álvaro Ríos ==> aquí


    

No hay comentarios:

Publicar un comentario