Reinaldo Chaviel, amigo y maestro.
Por:
Álvaro Ríos.
Conocí a Reinaldo en el año 2008. En aquella época compartía labores profesionales con el poeta Julio César Blanco Rossitto, y a través de él fue que puede hacer contacto con quien, más adelante, sería el maestro que la vida tiene reservado para alguien que, quién sabrá la razón, el día menos pensado inicia un noviazgo con la literatura.
Reinaldo fue un
maestro, y no porque él así lo quisiera, o porque uno lo apreciara de esa
forma, sino más bien por como vivía: amando el arte, la literatura, cada día, todo el tiempo. Ese manto, esa forma de existir, de alguna manera
acabó sembrada en las personas que, como yo, pasamos a ser cercanos: en los
últimos seis o siete años, al menos una vez a la semana, nos reuníamos para un café, una
conversa, un tema, un autor… Y así, sin querer, me volví conocedor de autores
como: Guillermo Meneses, Salvador Garmendia, Rafael Cadenas, Eugenio Montejo y
Julio Garmendia, este último quizás el que más admiró. Pero, además, era un
amplio conocedor de la literatura europea, rusa y japonesa. Sin embargo, hubo
una literatura en la que nos detuvimos mucho rato y a la que siempre volvíamos:
la mexicana. Durante esos encuentros con Reinaldo conocí a Torri, Sabines, Paz, Pellicer, López
Velarde, Nervo y a uno que siempre fue como un ídolo: José Emilio Pacheco. Este
último decía: escribir es vivir, los poetas acaban viviendo su locura.
Pero, si de
mexicanos se trataba, Rulfo y "Pedro Páramo" fueron para Reinado la joya de la
corona, algo así como el Santo Grial de la literatura. Quien lo conoció y tuvo la oportunidad de charlar con él sobre este
clásico de la literatura latinoamericana, pudo advertir no sólo el amplio
conocimiento y las distintas interpretaciones de la obra, sino también la parte
mágica del asunto: los vericuetos, las pistas escondidas, el aire caliente y el
polvo que se respira y, sobre todo, advertir cómo, por primera y única vez, un
autor de carácter universal logró detener el tiempo y hacer con él, literalmente, lo que le dio la gana… (Chaviel dixit)
De modo que
escuchar a Reinaldo era un gusto, una delicia, su forma de abordar tantos temas
era definida y acertada; tanto, que un simple café debía extenderse por varias
horas. Allí, justo allí, se apreciaba al maestro, al ser humano que, sin darnos
cuenta, nos colmaba de conocimiento y alegría a la vez.
Finalmente, la
brevedad.
Desde la
palabra escrita, Reinaldo siempre nos enseñó que jamás deberíamos usar dos
palabras cuando sólo basta una. De allí aprendimos la necesidad de expresar
en nuestra escritura ─en el caso de quienes fuéramos escritores─, la economía
del lenguaje, la transparencia y claridad de la idea y de todo aquello que
quisiéramos enunciar. Ello de ninguna manera significó que la escritura de una
novela de 300 páginas, por decir algo, fuera un error, sino más bien que, de ser posible, debía reducirse
de acuerdo a una etapa de revisión y poda, actividad que hoy en día muchos autores suelen dejar de lado. Incluso, como ejemplo nos habló del
mismo Rulfo: "Pedro Páramo", según se supo, consistía en un manuscrito de aproximadamente
600 páginas que finalmente se redujo a unas 150. Eso, más que un ejercicio, para el maestro siempre fue considerado como una muestra de respeto hacia los lectores.
La obra de
Reinaldo, la que nos ha dejado, goza de ese conocimiento, de esa característica
esencial: la concisión.
En esa obra,
humildemente, tuve algo que ver.
Y es que
Reinaldo era una persona de destellos, de ideas que aparecían como una lluvia
justo antes de un sol que se lucía castigándonos. En esos instantes escribía
sobre cualquier elemento que tuviera a la mano: servilletas, papelitos,
cuadernos viejos, últimas hojas del libro que llevaba, entre otros. Más tarde,
al llegar a casa, esos retacitos iban a parar a una carpeta descolorida y
arrugada. Cuando dicha carpeta tomaba forma de tuqueque barrigón, entonces venía el proceso de revisión y
transcripción. Muchos fines de semanas le acompañé a revisar y reescribir.
Reinaldo siempre fue abierto a mis sugerencias.
─Eso también es
suyo ─decía.
Luego del
trabajo de revisión, entonces la carpeta se iba conmigo a casa para la
transcripción e incluso para la elaboración de un diseño preliminar. Así
nacieron “escritos en el cuerpo” y “fragmentos dispersos”, sus obras más
recientes.
Guardando las
distancias, pero siendo para mí un honor y un verdadero placer, yo fui para
Reinaldo lo que José Emilio Pacheco fue para Juan José Arreola: su escribiente.
Amigo, maestro,
no sabes cuánto te voy a extrañar.
Ojalá algún día
volvamos a vernos.
Ojalá que, por
allá, el café sea tan bueno como el que solíamos compartir.
Cabudare, agosto de 2024.
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