domingo, 25 de agosto de 2024


Reinaldo Chaviel, siempre.

Por: Julio César Blanco Rossitto.

 

 

 A veces la letra huye porque araña, raspa o hiere. A veces, la letra es una daga que pellizca en los costados o te sorprende en la bocacalle oscura de la vida. Es difícil escribir un texto que no se desea escribir, pronunciar frases que terminan siendo un garabato porque están impedidas de expresar lo que ronca desde el pozo profundo del alma, o se dilata en nuestra mente con la eclosión de un salto de delfín en medio de las olas. Cuando se marcha un amigo hacia regiones indefinibles, emergen los lugares comunes que tanto odiamos y una impertinencia de espejos te acecha y repite monocorde: algo de nosotros también se ha ido, un pedazo que va más allá de la carne, más allá de la conciencia, más allá del ser. Cuando muere un amigo, se nos muere la tarde y da rabia. Entonces, se hace necesario aceptar que algo se llevó de nosotros, pero también mucho deja para seguir la conversa, la lectura cómplice, el gusto compartido por la vida que es también alegre, y es vino, y es bonita. Florece así su palabra que nos mira y escucha desde el verso, que cuenta desde el relato breve, que argumenta desde el ensayo agudo y certero. Así, se quedan entre nosotros: Antiguas Resinas, Escritos en el Cuerpo, Fragmentos Dispersos, todos testimonios de lo escrito, pero permanece también lo otro, lo que es rumor y sabia, aquello que va en la sangre del hombre sensible, su camaradería, su refinado instinto, la elegancia del dandi, la irreverencia del rebelde. Adiós, Reinaldo. Hasta siempre, amigo. Nos vemos luego para seguir con todo esto…

 

Cabudare, agosto 14 de 2024.


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